Escala en San Antolín


—¿No sería mejor cerrar la ventana? Mirad cuánto nevó anoche en el Mönch. El aire está demasiado frío.

—Tienes razón, pero nos hemos juntado unos cuantos en la habitación y, por muy bueno que sea el sistema de renovación de aire de esta clínica, la atmósfera termina enrareciéndose.

—El doctor sabrá lo que conviene y lo que no. Hay que suponer que está atento a estos detalles.

—Claro que estoy atento a esos detalles, señores, pero ahora carecen de importancia. Insisto en expresarles mi perplejidad. Este hombre lleva días prácticamente muerto pero, como pueden ver en los monitores, mantiene un mínimo de actividad cerebral, y no se debe a que lo sostengamos con procedimientos artificiales, porque en ese sentido hemos respetado escrupulosamente las instrucciones que ustedes nos dieron al respecto. Su organismo está por completo agotado, y sin embargo hay todavía una chispa de energía, un resto de electricidad vital que se resiste a tirar la toalla, si me permiten la expresión.

«La motocicleta aparcada bajo el cerezo, frente a la casa. Al apagar el motor cesa todo ruido y aparece el silencio en la noche clara. La luna rebota en la fachada. Comienzo del verano, tal vez el julio cegador. Repentinamente desaparecido el bullicio de los veraneantes esta noche. Termina un día largo, vagando por el concejo, de una playa a otra: nadar en el agua fría entre ocle y espuma, comer con los parientes, hablar a ratos con conocidos según cae la tarde en las boleras donde chocan las maderas y huele a salpicadura de sidra. La fachada bañada de luna se acerca, se agranda y tintinean las llaves. Un sonido rítmico replica desde lejos. Aire quieto y diáfano, un suave soplo trae el rumor encañonado por el cauce del río hasta Posada la Vieja. Las olas rompen con pedregoso golpeo en las rocas de San Antolín. Fragor de agua retirándose, entrechocar de guijarros en la boca del río. La nueva ola se forma con exacto compás, brama al desplomarse con estrépito contra el rompeolas, retumba como barreno y llega por la vía del tren a través de los eucaliptales de San Martín. El gigantesco timbal satura el aire. Ni ladra el perro, ni silba el sapo, ni ulula el cárabo. Todo lo llena el canto recio y milenario que la mar entona junto al monasterio y empuja en la noche Bedón arriba, hacia Las Cabras y Ortiguero, hacia los manaderos de los Picos entre peñas peladas, dominadas por la luna que las vuelve de plata…».

—¿Considera usted entonces que está en coma?

—Se podría decir, aunque no es exacto. Yo diría, y perdónenme la crudeza, que está muerto. Todos sus órganos han fracasado y las constantes son ínfimas. Escojo ser tan directo para que no tengan esperanza alguna. Un organismo tan consumido no puede existir más en este mundo. Ahora bien, inexplicablemente, el cerebro mantiene actividad, irregular y agitada, insuficiente para despertar, pero con crestas muy intensas, en una lucha asombrosa.

—Renuncia, hermano, a esos apegos desesperados a las cosas terrenales; deja a u alma ir hacia el otro mundo, hacia la luz…

—No quiero pensar lo que diría él si le oyera, padre. De lo que ustedes predican no fue precisamente devoto, para entendernos. Decía que la Iglesia no le había ayudado a permanecer en su país, ni mucho menos.

—Yo le di la extremaunción por encargo de la clínica, poco antes de que llegasen ustedes. El repentino agravamiento de la enfermedad nos aconsejó obrar así. Créanme que, por mi parte, hay sólo un modesto deseo de ayudar. Hay quien, por falta de preparación, no consigue morir bien, a causa del terror que infunde el tránsito.

—¿Falta de preparación? Si usted supiera las que ha pasado este moribundo hasta establecerse en estas tierras…

—Ustedes nos clasifican a todos como inmigrantes económicos que llegamos un día huyendo de la pobreza de nuestros países, y no deja de ser verdad, pero este hombre escapó a Francia al final de la guerra española, siendo un chaval, nada más hacerse maestro. Anduvo en los infames campos de refugiados. Combatió contra los alemanes y lo apresaron. Sobrevivió a un campo nazi de exterminio. Y aún regresó a su tierra a emboscarse con los guerrilleros. Después intentó vivir allí. Decía que era su tierra y que no quería marchar. Pero la vida se le hacía imposible. Aparte la pobreza, la perduración del franquismo le quemaba la sangre. Marchó, pues, y a lo largo de años fue emigrando hasta aquí, pero algo de él quedó prendido en su tierra. Se nota en lo poco que hablaba de ello; poco, por no decir nada. En fin, lo que quería decir es que no era alguien asustadizo.

—Querrás decir que no es alguien asustadizo…

—Claro, eso quiero decir. Es que como el doctor y el señor cura lo dan por muerto se me ha contagiado la idea.

—Ahora entiendo que encontrásemos tal cantidad de cicatrices viejas al examinarle antes de las operaciones.

—Más de una vez le hirieron en combate, pero también cuando estaba preso le hicieron heridas. En estas, además de aparecer también el daño, decía, los cobardes soltaban su veneno.

«Temprano descenso por la sinuosa cuesta de la carretera general en una Orbea de hierro. Queda la bici cerca del río, medio oculta entre bardales. Marea muy baja; el sol, apenas alzado tras Punta Pestaña, aún mantiene en sombra una buena parte de la playa. Ningún bañista, ninguna huella humana en la arena lisa. Sí de gaviota, revoltijo de signos en áreas aisladas. Las rocas del extremo incitan a curiosear en sus charcos, o a sentarse a escrutar el horizonte. Un perro pequeño que permanecía tumbado a lo lejos se incorpora, como si estuviera aguardando. Camina en línea recta, se acerca de frente, con paso vivo y decidido, sin corretear ni saltar ni menear el rabo. Al llegar gira en redondo y reanuda la marcha hacia las rocas, haciendo de guía. Raza indefinida, pelaje oscuro, cuerpo robusto y patas cortas. De vez en cuando se vuelve, para comprobar que es seguido; mira con mirada humana desde su simpática cara de animal amistoso que acompaña. Los hombres buscan bienestar, la mayoría junto a otros seres humanos, también en sitios donde se experimenta plenitud de fuerza y energía, a saber por qué. El perro está pendiente. Si el paseante se pone a mirar pocillos, gigante que asoma su rostro a un microcosmos de lapas, bígaros, mejillones, quisquillas y cangrejos, le es indiferente y aprovecha para sentarse. Al rato se levanta y camina hacia una grieta en la gran roca acantilada de Pestaña. Tarda en reaparecer. De cerca, la grieta se convierte en boca de una cueva. El suelo es todavía de arena; la temperatura, varios grados más baja. Fría humedad, bullir sigiloso de las andaricas incrustadas en hendiduras, un goteo aquí y allá que resuena con ecos, rebotados y multiplicados por las galerías. Al fondo del oscuro vestíbulo, en un principio invisible por el contraste con la intensa luminosidad exterior, el perro aguarda, sentado sobre una especie de mesa de roca. Cuando se nota mirado vuelve a escabullirse a través de una grieta. Siguiéndole, se accede a una sala de paredes rosáceas, veteadas de filones rojos y verdes que la humedad rezumante abrillanta. La amplitud con que resuenan y se pierden los ecos de los goteos sugiere varias salas más. Minutos de caminata por las entrañas minerales evitando las angosturas excesivas. En dirección opuesta a la entrada se percibe una claridad contra la que se recorta la silueta del perro. Se sale, después de los coscorrones, a una cala con suelo de piedras grises en vez de arena blanca. Del agua emergen varios islotes afilados y puntiagudos como colmillos. El sol sí da plenamente, bañando de luz alegre el rincón. Por primera vez el perro agita el rabo al mirar humanamente a su compañía, un par de sacudidas: contento de haber guiado hasta allí. De regreso a la playa mayor se atraviesa de nuevo la gruta, como una gran vagina o útero, un órgano íntimo de la tierra; el bermejo ocle, su menstruación. El sol ya cae desde lo alto sobre la lisa y brillante llanura arenal. El perro se queda donde al principio, para guiar a quien llegue, a quien quiera volver. No hay adiós, compañero».

—Es preferible que volvamos a abrir un rato la ventana para ventilar la habitación, o que algunos salgan al pasillo.

—Creo que ahora nos necesita a todos, doctor, y nosotros queremos acompañarle. Quizá su resto de vida cerebral dependa de nosotros…

—Sí. Quizá no pueda moverse en absoluto pero nos esté oyendo, doctor, o sintiéndonos de alguna forma.

—La nieve ha bajado hasta los dos mil quinientos metros. Se avecina un invierno muy blanco.

—Hermano, si puedes escucharme: es preciso que te liberes de las ataduras terrenales, de los apegos excesivos que te retienen, prendido a este mundo material.

«Al atardecer, la luz del sol entra sesgada en el pinar que corona el monte y lo vuelve de oro. Agujas secas alfombran el suelo entre los troncos. Lugar para ver sin ser visto. Se dominan por igual el playazo y la desembocadura del río, la curva trazada por sus aguas oscuras y ligeras, el tren que silba y humea al cruzar el puente de aspas de hierro. En poniente el disco se anaranja al descender; el mar cobra consistencia de metal fundido y presenta una palpitación de mercurio, plata y oro, con destellos de cobre en las crestas. El cielo hacia Ribadesella y las villas enrojece y densifica su color hasta espesores tropicales, recortando en minuciosa silueta copas de árboles, perfiles de casas. La alfombra de agujas de pino, caldeado lecho para las tenues conversaciones del faquirismo amoroso. A la espalda el Cuera también recibe en sus relieves rosados los oblicuos rayos. El sol de la tarde lo dora todo y ella habla, sentada sobre una chaqueta; señala, con ojos entrecerrados, un trasatlántico que se desliza por el remoto horizonte, y al extender el brazo para indicar el punto se dibuja su pecho al contraluz de la blusa blanca, su pecho suelto, delgado, casi puntiagudo, gozosa sombra chinesca. El sol la regala en su descenso repartidor de ámbar que envuelve los cuerpos y resbala por ellos como un aceite sagrado; y por las paredes blancas de la playa, envolviendo el paseo, haciéndolo apetecible, mejor en traje de baño. Ella no para de hablar su parloteo dicharachero, tampoco cuando se retira unos metros para cambiarse junto a unas rocas. Sólo calla unos segundos, al sacarse por el cuello la blusa sin desabotonar. Su espalda pálida, como el pecho entrevisto cuando se gira levemente para decir algo más y queda de medio perfil. En ese momento calla lo que iba a decir, se queda quieta, sonríe, dura unos instantes para siempre».

—¡Qué hermosas montañas se ven desde aquí!

—No las hay como estos Alpes en toda Europa.

—Él admiraba este paisaje.

—Él admira

—Como quieras: él admira este paisaje, pero no le basta para disipar la nostalgia de su tierra. Aquí, al cabo de los años, ha alcanzado una existencia digna, que no es poco, pero la felicidad de su vida primera se convirtió para él en una especie de paraíso irrecuperable.

—Es la desgracia de las guerras, que rompen las vidas: los que no mueren se quedan con la vida rota.

—Las veces que ha vuelto dice que todo ha cambiado, que quitan montes para ensanchar carreteras, que cambian los ríos de sitio, que sólo se vive para el automóvil…

—Tenía una novia. Iban a casarse, pero empezó la guerra y lo aplazaron. Se desprende de las contadas alusiones que alguna vez hizo. Y cuando a finales de los cuarenta volvió, ella, que lo creía muerto, ya se había casado con otro, tenía hijos.

—No hables de eso delante de él. Le hace daño recordarlo.

«El agua fría del río. Las piedras incómodas de pisar, hacia el extremo de Pestaña desierto. La marea al bajar va descubriendo la gran llanura de arena. Las olas rompen bravas, desde muy dentro. El baño se prolonga durante horas; al final consiste en levantarse para caer enseguida y ser empujados inertes por el rodillo de las olas hasta la orilla. Rientes, entre gritos de placer y júbilo. Abandonados a las corrientes de agua sintiendo que la mar juega con los bañistas como estos con sus olas, saltándolas o zambulléndose bajo su rotura cuando vienen demasiado corpulentas y amenazan apresarlos en su remolino furioso. A veces varados en la arena, una ola se adelanta a las otras para envolverlos y reflotarlos agua adentro, entrelazados los cuerpos que se dejan hacer con gusto, exhaustos tras horas de bregar entre un oleaje arrollador. Ella ríe, rebosando alegría como la que alcanzan los niños que juegan despreocupados, gozosamente perdida la noción del tiempo hasta que ese día de mediados de julio, corazón del verano, en el chigre donde a la noche se reponen fuerzas con la cara ardiente de yodo y salitre han oído por radio inesperadas noticias y sólo se habla de la urgencia de movilizarse en defensa de la República».

—Señores, tengo que seguir visitando a otros pacientes. Avísenme si hay algún cambio.

—Descuide, doctor. No parece que por ahora vaya a haberlo.

—¡Cómo aguanta el condenado!

—¡Yo no diría condenado de ninguna manera! Quién sabe si no estará recreándose, en lugar de padeciendo…

—No va a morir, doctor. Descuide.

Luis Pérez Ortiz, 2003

(Publicado en Bedoniana, V)

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