Libretas de Manila

LIBRETAS MANILEÑAS. CIEN NOTAS DE VIAJE

[I]

(1) Inanición del Antiviajero: un japonés se hace llevar en taxi al Acueducto. Con el motor en marcha, foto rápida y regreso inmediato a Madrid.

Foto a la comida, en lugar de comerla.

Lo cuenta el taxista, todavía alucinado.

(2) Apuestas. ¿Número de guías de Filipinas publicadas en español?: cero.

Ningún acertante.

(3) Fantasmal Micronesia Española: Kapingamarangi y otros atolones dispersos por los Mares del Sur. Tan pequeños que al vender las últimas posesiones ultramarinas a Alemania se cayeron por las rendijas de la cesta.

El último refugio. De la imaginación.

(4) Álbum familiar: el bisabuelo vasco con el uniforme colonial, el rayadillo.

La mili te podía llevar lejos.

(5) Amigos informan: Dos mundos hay en Filipinas: Manila, más bien Metro Manila, densa aglomeración de terrícolas, y el resto islas verdes, aguas turquesa, tribus milenarias, paraíso en la Tierra.

La misma Tierra, variada y sufrida Gea.

(6) Google, anticípame Manila. Google: Dos mundos se llaman Manila: conurbatorias barriadas de blancos y altísimos rascacielos apiñados, y una barriada en ruinas, mausoleo tamaño ciudadela. Mohosos muros ciclópeos, bastiones artillados, fosos, fortalezas, santabárbaras, puentes levadizos…

Intramuros como desmoronado templo budista engullido por la selva; en cambio engullido por el tiempo, sin vegetación ni monos. Sólo extinción.

(7) Aerobilletes: salida 15:05, llegada 15:10.

¿Tan rápido?

Días consecutivos, hombre: aún no comercializado el teletransporte.

Ojalá…

[II]

(8) En Barajas, microviajes preparatorios del despegue: ascensores, escaleras mecánicas, trenes subterráneos, suelos móviles.

(9) Doha desde el aire, a medianoche: inmensa planicie luminaria; puntos naranja tejen dibujo geométrico.

(10) Diminuta península multimillonaria conectada a todo el resto del mundo por su aeropuerto lujoso. Ombligo terráqueo.

(11) Todas las razas y vestimentas deambulan por relucientes salas, entre Ferraris plateados y relojes de oro.

(12) Partiendo hacia Sidney, Colombo, Helsinki, Yakarta, Boston, Glasgow, Nairobi, Barcelona Montreal, Varsovia, Cape City, Delhi…

(13) Mercancías inasequibles lanzan destellos desde los escaparates.

(14) Difícil de imaginar para los pastores del desierto que un siglo atrás asan una cabra bajo las estrellas.

(15) Estrellas de ahora: las del ranking de aeropuertos.

(16) Fácil de imaginar que se me cae un cabello, una gota de sudor, y aparece en el acto la brigada motorizada de limpiadores a restablecer el orden.

(17) Poblada sala de espera hacia Manila. Un porcentaje, monjas. Repartidas, con diferentes hábitos.

(18) Atención general fija en monitores, partidos de pingpong.

[III]

(19) Húmeda luz vespertina empapa cristaleras en el aeropuerto Ninoy Aquino.

(20) Cabinas de control. Una policía me llama con la mano a la suya, sin fila. Mirada va y viene de foto pasaporte a mi cara. Lenta, metódicamente. Completa estudio comparativo, estampa sello y en claro español formula sonriente bienvenida.

(21) Sonriente el chófer de la Embajada. Me indica que pase atrás cuando voy a la puerta del copiloto.

(22) Quince minutos al hotel se convierten en tres horas de atasco. Océano de coches varados. Por la salida del trabajo, por las obras faraónicas, por la fuerza de la costumbre.

(23) Scalextrics a destiempo. Como ahora se monta, se acabarán desmontando y sustituyendo por túneles cuando en los pulmones ya no quepa más carbonilla.

Autorreproducción de las obras faraónicas. Auto.

(24) Conductores acostumbrados maniobran en corto para ganar metros en el cambio de carril. Dialogan a través de cláxones: no un solo bocinazo sostenido sino series rápidas de notas combinando muy cortas con cortas y con otras más prolongadas.

Contenido: recriminaciones e insultos, of course, pero con repertorio amplio. Se distinguen estilos personales.

Réplicas y contrarréplicas se alargan.

Expresividad acústica no acompañada de gestos manuales. Ni del rostro, normalmente impasible.

(25) Impasible actitud de agentes policiales. ¿Ejercen su función de un modo indetectable para un europeo? Contemplan el atasco como espectáculo que no fuese con ellos.

Pero quizá intervienen y tú no lo ves, hombre de poca fe.

(26) El sol desciende por Poniente. En apariencia, según Copérnico. Engorda y enrojece. Siempre a la izquierda, dirección constante. No estamos dando vueltas.

(27) Cuando se cumplen más de dos horas de bloqueo circulatorio el cálculo es simple: un peatón ya habría llegado al hotel.

(28) La prevista charla breve de mera cortesía va derivando a mayores profundidades. Las escasas palabras españolas utilizadas aisladamente por el hablante tagalo: números, algunos utensilios, cierto saludo (¿Cómo estás?), una fórmula para fijar horarios (A las cinco, A las siete y media)…

(29) Era guitarrista pero perdió un dedo en accidente laboral. Espoleado para aprender con más ahínco.

Django Reinhardt.

La película de Woody Allen sobre Django Reinhardt, con Sean Penn.

(30) Relato de otros aspectos personales de la vida, experiencias valiosas. Agradezco la confianza.

Luego la fatiga embota los sentidos e impone silencio.

(31) Meditación callada a través de la ventanilla mientras oscurece. Sobresalto: pasan a media altura jirones de humo, vehículos vetustos lo sueltan a chorros. Peatones con mascarillas o embozados tras pañuelos.

(32) Hotel cómodo, internacional. Habitación en cualquier ciudad del mundo. Torre de sesenta pisos en Makati, el barrio financiero, rodeada de edificios más altos. Horizonte tapado.

TV: gran monitor plano en la pared frente a la cama. Reiterativos canales globales de noticias visibles en cualquier ciudad del mundo.

(33) Apoyar cabeza en almohada, quedar KO.

Mitad de la noche: ¿Cómo es posible que haya un aeropuerto tan pegado a las casas? Flecos del sueño: aviones rasantes con motores tan sonoros como los bombarderos que braman en las películas bélicas.

(34) Un poco más despierto: son los jeepneys que en la madrugada circulan sin escape, atronadores, algunos sin luces, a toda hostia, estrépito que llena la habitación de un piso veintitantos con doble cristal y la hace vibrar. Miles de ventanas a través del aire circundante, marrón.

[IV]

(35) Desayuno-buffet en planta baja. Abarrotado de turistas pero también de hombres de negocios en tránsito y estudiantes que no dejan de estudiar mientras desayunan.

Pescado rebozado, primera vez en la vida desayunado, y cincuenta platos más, que salen de ventanillas humeantes.

(36) Por la cristalera, jeepneys en todas direcciones, atestados. Híbrido de convoy militar yanqui (restos de la flota abandonada tras la Batalla de Manila) y transporte indio, tan saturado de ornamentación multicolor como de pacientes pasajeros.

(37) Antes de iniciar el speech en la Universidad, y respondiendo a un aviso de la megafonía ubicua a las doce en punto, el profesor principal hace un alto para rezar el ángelus y agradecer la reunión, así como la alegre mañana.

El idioma no se queda, la religión sí.

Alguien se fija con severidad en mi boca inmóvil mientras ellos rezan.

(38) Callejeo exploratorio alrededores hotel. Territorio occidental. Imitación Manhattan. Contraparte de los barrios populares, tirando a míseros.

(39) Bancos monetarios sí, de sentarse no.

Ni tiendas, salvo complejos comerciales en galerías interiores al pie de las torres, o franquicias de hamburguesas, pollo frito y otros comestibles prefabricados, a regar con refrescos gaseosos.

(40) Peatones transitan ligero, sin detenerse.

(41) Todo edificio custodiado por agentes ostensiblemente armados. Rifles de repetición en ristre. Micrófonos y pinganillos. Muchos uniformes, muchas compañías.

Si al pie de tu domicilio no hay varios polis eres un don nadie.

(42) Entre Lost in Translation y Blade Runner.

(43) Pasos cebra, decorativos.

(44) Partículas perceptibles, chocan entre sí al entrar por las fosas nasales, hacia el más interno alveolo.

[V]

(45) Inmersión: dibujamos edificios históricos amenazados por el abandono.

Callejeo lento, mañana y tarde, a través de calor espeso.

(46) Ciudadela fortificada de Intramuros, a duras penas en pie. Manila arrasada en 1945. Prioridades estratégicas, daños colaterales. No reconstruida a la varsoviana (cada puerta, cada manivela, cada farol) sino reurbanizada con plan Chicago. Cuadrícula y rascacielos.

(47) Policía municipal con rayadillo. Y zapatos de brillante charol. El uniforme de los guerrilleros filipinos, se hace eco alguien. Versión oficial.

(48) Comida en la calle, patios comerciales de un edificio que imita casa colonial, como set en plató.

Bandeja de arroz con carne oscura. Vela de cumpleaños. Súbito aguacero refrescante.

(49) Dibujar algo para apoderarse de ello. El pintor rupestre ya está cazando al bisonte cuando lo plasma en la pared de la cueva. Luego es salir y capturarlo.

(50) Apuntes sucesivos de bastiones, iglesias, murallas. Adentrándose durante el estudio de volúmenes y superficies, penetrando. Túnel del Tiempo. Casi oigo voces de alabarderos hablando en recio idioma imperial, voto a bríos, vive dios, etc.

(51) “Campos de soledad, mustio collado.”

“Este llano fue plaza, allí fue templo;/ de todo apenas quedan las señales.”

(52) Rótulo: Falsa braga de Santa Bárbara. Risas con el erudito de las exhaustivas descripciones. Underwear, bottoms, panties.

Falsabraga, todo junto, como barbacana. Y santabárbara.

(53) 36ºc de torrina húmeda, sensación térmica el doble.

La megafonía del jardín de bambúes difunde Holly Night y El tamborilero. A un mes de las navidades, el calor derrite árboles, ladrillos, asfalto.

(54) Museo del héroe. Glorificado, santificado. Prohibido entrar con sombrero. Escenificaciones pasionales de su viacrucis. Efigie al otro lado de la reja. Tamaño natural, como a punto de moverse, ajustarse las mangas o pedir un último cigarro. 

(55) Sus manuscritos en español en vitrina, pero no transcritos. Información exclusiva en inglés y tagalo.

Virtuoso practicante de un idioma ignorado por sus seguidores, borrado minuciosamente por los nuevos colonos.

Tras haberlo fusilado, difícil gestionar la devoción de Rizal por la cultura española. Y menos tras haber vendido el archipiélago por unos dólares.

(56) Por la tarde, puente desde el despoblado fortín hasta el Muelle de la Industria y los populosos barrios de la otra orilla. Binondo. Barcas vivienda. Autobuses abandonados vivienda. Basura suelta, desparramada. Viejos bloques de pisos, ruines, cayendo. Rascacielos al acecho.

(57) Ruinas de El Hogar. Compañía de seguros, pólizas para prevenir contratiempos. Cotizar para vida confortable, alfombrada.

Ahora abandonado en un escenario escombroso atado por una madeja de cables, gruesos y negros tubos telefónicos.

Río de tráfico erosiona una esquina. Puertas tapiadas, cristales rotos. Partida de basket en un micropatio externo. Aire Bronx o Brooklyn.

(58) Corre el aire del estuario, revuelo de faldas europeas, ventilación integral.

(59) Niños con andrajos deambulan, tambaleantes. Aspiran pegamento en bolsas plásticas. 9-10 años, caras de viejo, ojos gastados, mirada ida.

(60) En adelante Chinatown, Escolta, Carriedo, Santa Cruz. Cogollo comercial cuando auge de tiendas. Hoy puestos en el suelo, quincalla y baratijas, el contenido de un desván. Aceras repletas. Gente muy delgada, casi escuálida. También en el suelo personas. Parecen sin vida o en coma o drogadas. Niños y niñas desnudos o con harapos. Al pasar, pregunta angustiosa: ¿Respiran?

(61) Pesadumbre, conmoción. Difícil trabajar.

Curiosidad inofensiva en torno a los cuadernos.

(62) Se quedan en las bolsas muchos sándwiches de la merienda, docenas. Isabel los ofrece, junto a la fuente. Remolino súbito de los transeúntes, como bandada de palomas que se cierne sobre puñado de migas. Viejas, niños, hombres, madres se abalanzan y devoran inmediatamente.

(63) Al anochecer regreso por Arroceros al punto de partida. Humaredas flotantes. Gente tirada en los resquicios de las cunetas, bajo cartones o jarapas. Procedentes de las aldeas, hasta el espejismo de la ciudad. Estrellados contra el espejo.

(64) Tentempié en la azotea de hotel internacional, para recobrar aliento. Gesto torcido en el maitre de etiqueta. Sólo cervezas, y no copiosa cena como los guiris sonrosados de las otras mesas.

Horizonte circular de rascacielos iluminados, apariencia lujosa, skyline cinematográfico. Pero ya visto qué late en las sombras de abajo. Sumergirse, emerger. Los ascensores te suben a superficie cuando superan los primeros pisos.

(65) Escuela Taller: sacan a flote Patrimonio y chicos de barrios marginales. Marginales respecto a lo recién visto. Cómo serán.

[VI]

(66) Domingo sin tráfico. Avenidas desiertas, sólo los diferentes policías. Todo chapado. Atmósfera dominical católica.

Callejeo Ayala. Triangle Park, en busca de árboles. Yoga colectivo, show con altavoces y musiquilla de moda. Multinacional patrocina.

Lo oriental es occidental en Oriente.

(67) Lluvia caliente se cuela entre los rascacielos hasta las calles en penumbra. Claramente Blade Runner.

En Legazpi, laberinto de patios ajardinados y plazuelas entre niveles. Estanque con peces naranja. Un saxofonista toca Stan Getz para los ocupantes de las terrazas.

The Landmark, bullicio de dependientas hablando dicharacheras de diez en diez.

(68) Callejeo por laterales: puestos de comida como kioscos. Gente parada hablando y fumando. Tabernas extranjeras: Grecia, Puerto Rico…

(69) Incluso entre jeepneys hay clases: aire acondicionado y puerta automática unos, otros sin siquiera luces ni cristales.

(70) Amabilidad filipina, resalta por contraste con la pelea de gallos ibérica.

No hay miradas incisivas ni retadoras. Tampoco curiosidad. Comunicación visual mínima.

(71) Me alimento a deshora en el hotel. Cafetería vacía. El personal en torno a una mesa apartada, liquidando postres. Ríen a su aire, sin etiqueta.

En la carta figura Tempranillo como marca. Al oír la explicación, la camarera, llegada sonriente y con la camisa levemente desabotonada, suelta risa musical. La habría soltado con cualquier cosa que hubiese oído.

(72) Multiplicación uniformes policiales, variedad interminable. Se diría que uno exclusivo para cada barrio.

Uno con sombrero de la Montada del Canadá contempla impasible el movimiento de automóviles y gente. Semáforo rojo, los coches siguen pasando. Peatones intimidados.

Tal vez el cometido es hacer sonar el silbato de vez en cuando, arbitrariamente, y con ello incide en un plano invisible de la realidad.

(73) ¿El Oriente de Satyajit Ray y Apu? Contadísimas ráfagas.

[VII]

(74) Museo Ayala. Estampas de época, litografías con sello colonial, daguerrotipos. Tiempo ido.

Como escolar ante los dioramas. Se remueve algo en la memoria. Por las narraciones históricas del así llamado Descubrimiento, y por las bíblicas.

(75) Juan Luna. Bocetos y estudios, más interesantes que los definitivos, condicionados por la norma académica, rígidos y pomposos, a la sombra de Rosales.

Soltura de la notación inmediata, nerviosa.

(76) Avenida Makati hacia el río. Más motos que coches, más triciclos que taxis. Peatones abarrotando, sobre todo donde los sex clubs. Las chicas fuman en la acera. Al límite de los 18.

Cuanto más cerca de la ribera, más perceptible el Oriente sepultado.

(77) Pasig river, color marrón. Pero no más que el Támesis. No apesta. Bancos de plantas nadadoras. Veloz agua hacia el Pacífico.

(78) Llega al embarcadero el watertaxi, una carraca de plástico. Hay que rellenar extenso formulario para embarcar.

(79) Entre chabolas y ruinas de fábricas y almacenes, aflora vestigio de un pasado más estético: casitas en la orilla, muy agrupadas. Sobresalen árboles en pequeños patios. Barcas domésticas en amarraderos de cuatro palos.

(80) Fotos a las mugrientas orillas. Al ir a captar un yate pintón, frente a embarcadero palaciego y seto esculpido, la tripulación salta como resorte: “No, sir!!!”.

(81) Bajo el puente a la altura del Muelle de la Industria, niños encaramados a los huecos de las pilastras, drogándose con sus bolsas, mortífero pulmoncito artificial. Si aturdidos se caen, van al fondo. Who cares…

(82) A la vuelta, un tipo muy formal pide permiso para el asiento vecino. Encuesta para un estudio universitario. Al formular cada pregunta en inglés aparatoso, ríe como si hubiera aspirado gas hilarante. Preguntas que empiezan a ser demasiadas e impiden el examen del paisaje. Molesta insistencia en datos de residencia exacta en país de origen, ocupación, motivos estancia. En esencia: Qué demonios estás haciendo aquí, curioseándolo todo. Antes de agobiarme, adelanto el desembarco. Suelto risa de gas hilarante al despedirme bruscamente.

(83) Embarcadero Venezuela. O Valenzuela, según. Nombre inestable. He de caminar bastante más, cuesta arriba, a 40º multiplicados por la humedad. Laberinto de callejones, casi se pasa por en medio de las casillas.

 [VIII]

(84) Día entero en Universidad hablando a estudiantes de Arquitectura horas y horas mañana y tarde ante pantalla por la que pasan dibujos proyectados.

Comida con Mark en hotel cercano. Duro para el dibujante abrirse camino en Manila con sueldos cortos.

(85) Agotado al final. Baremos tranquilizadores: aplausos, autógrafos, asistentes se fotografían a mi lado. La sesión más difícil sale bien.

(86) En jeepney con Isabel e Íñigo a cenar en un restaurante de su vecindario. Según sube por la entrada trasera, la gente pasa las monedas en cadena, de atrás adelante. Al rato el conductor para. Alguien ha pagado sólo parte. Otra vez monedas de mano en mano, y se reanuda la marcha. Cuentas de la vieja por el retrovisor interno mientras conduce.

(87) Descompresión a base de charla torrencial. Platos picantes, vino, cigarros. Confidencias.

(88) Al hotel en triciclo, sidecar de motocicleta petardeante. Sensación de tiovivo de feria o coche de choque.

(89) En el bar del hotel orondos blancos que lanzan risotadas retumbantes, con menudas y pintarrajeadas niñas locales adheridas a sus cuerpos enormes. Cinco o seis veces menos voluminosas. 15 ó 16 años, aunque lo camuflen mediante maquillaje estridente.

Por la noche algarabía de gritos juerguistas por los pasillos.

Os salvamos del demonio japonés, ahora abrid vuestros orificios.

[IX] 

(90) Patios ajardinados de la Escuela Taller. Los kids en ebanistería, cantera, forja. Sonido de máquinas, chirrido de radiales, martilleo del cincelado.

Fotos de grupo atestiguan clima de alegre simpatía, casi entusiasmo.

(91) Ruta en jeepney por viejos edificios en barrios populares. Ermita, Malate. De nuevo planificación perfecta. En cada punto Malacura el erudito se gana la paga.

(92) Casa española Napkil-Bautista, convertida en museo y protegida. Una burbuja de Tiempo, un siglo atrás. Espaciosa, art-decó, brillo de los muebles oscuros.

(93) Paco Park, paz de ultratumba.

(94) El gigantesco Philamlife Tower, abandonado.

El fantasioso teatro Bellevue, de cúpulas moriscas y tracerías, abandonado.

(95) La iglesia de Malate, en restauración. Los kids (y las girls) vestidos con petos reponen el gris cemento de la fachada.

(96) Por el camino, ladyboys en las aceras vistos desde el bus. Blancos los examinan desde las terrazas, como tratantes. Los yanquis gordos del hotel en primera línea, sonrisa babeante.

(97) Crepúsculo en la Bahía. Siluetas recortadas contra la última luz rojiza de un Poniente sinfónico.

Cuadernos desplegados en el suelo del parque.

Emoción de la despedida.

(98) Sigue la despedida en Manila Vice, terrado sin luz, aún pálida claridad en el cielo.

Cerveza San Miguel implantada sin rival, acaso por el nombre arcangélico.

Los veteranos vuelan fácilmente los fines de semana: Tokio, Bangkok, Shanghai…

Por el país, planes de islas y playas.

La próxima vez.

(99) Melancolía. Ronda la expresión “misión cumplida”, como voz que llega de fuera. Abro el minibar de la habitación.

(100) ¡Salamat, Manila!

(Para Isabel, Mark, Íñigo, Guillermo y demás amistades nacidas en el viaje)

Luis Pérez Ortiz (LPO)

(Publicado en el nº 7 de Perro Berde, revista cultural hispano-filipina, Manila 2018)

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