El lenguaje coloquial suele nutrirse de los giros usados por los personajes que aparecen en TV, ya sea en teleseries, dibujos animados, discusiones organizadas o entrevistas con políticos. Y estos personajes, a su vez, saltean en sus discursos algún término de origen psiquiátrico y lo ponen de moda una temporada, hasta su desgaste por abuso.

En la época de la Guerra Fría el calificativo “paranoico” se usaba a todas horas. Cuando la crisis post Vietnam agudizó las contradicciones del Primer Mundo, “esquizofrénico” era el epíteto utilizado sin demora en cuanto se quería desacreditar algo, ya fuera persona, cosa o ente abstracto. Hoy, cuando el mundo cobra el aspecto de Imperio Global, es “autista” el término médico que obtiene el extraño privilegio de la vulgarización. Si un orador quiere ridiculizar a su adversario, ya no debe tildar su actitud de “paranoica” o “esquizofrénica”, ni siquiera de “epiléptica” u “obsesiva”; ya no está de moda. Lo in es endosarle, con cualquier pretexto argumental, el adjetivo “autista”, todos muy libres –en su facundia à la page— de lanzar esa piedra primera.
El autismo es una dolencia mental grave cuya investigación ha avanzado con rapidez en los últimos años, permitiendo al gran público reparar al menos en su existencia. A tal efecto fue aún más eficaz el éxito de películas como Rain Man, cuyo personaje central es un autista bastante standard. Que, a grandes rasgos, la enfermedad consista en la dolorosa invalidez del paciente a la hora de establecer comunicación con las personas circundantes y desarrollar vínculos afectivos, no impide que “autista” lleve unos años convirtiéndose en el más popular de los vocablos psiquiátricos, y cabe comprender en ello un signo de los tiempos.

La sociedad contemporánea forma individuos autistas pero inconscientes de su aislamiento; al contrario, declararían estarse comunicando con gran enriquecimiento y constancia. Pero son representaciones reales sólo en su mente. La opulencia de los medios técnicos de comunicación nunca fue tan exuberante. Hasta el más trivial acontecimiento (ése en especial) es retransmitido al orbe entero y los satélites envían incesantes señales en febril actividad que no distingue entre el día y la noche. Las personas ya no callan sino cuando dormidas: si no tienen delante un interlocutor de carne y hueso, sacan el móvil del bolsillo y a quien descuelgue cuentan dónde están (Acabo de pasar el kilómetro cuarenta y dos), qué están haciendo además de utilizar el móvil (Estoy poniendo las noticias de las tres), cuál es el tiempo reinante (Justo ahora empieza a chispear), como un náufrago que lanza al océano sus coordenadas en una botella.
La sobreabundante panoplia de instrumentos no permite al hombre contemporáneo atravesar su mónada sino que la empapela por dentro con pantallas abiertas a espacios virtuales. Televisor sintonizado con cientos de emisoras repartidas por el globo, ordenador con e-mail y enchufado a la telaraña global de la Triple Doble Uve, fax, teléfono fijo, teléfono móvil, incluso una caja en la pared donde el simpático cartero prehistórico deposita una carta con sellos pegados… El continuo funcionamiento de los artilugios crea en el hombre contemporáneo la ilusión de estar conectado con otros seres. Y lo está, pero no como espíritu autónomo sino como número, pieza cosificada de un macroengranaje tecnológico activado por robots. Mas la ilusión le ayuda a tapar la inmediata realidad: su aislamiento básico. Usará el teléfono para llamar a la Compañía Telefónica y discutir sus cuentas de consumo con un operador cibernético, y durante esos minutos de redundancia aplazará el afrontamiento de su realidad elemental como individuo: la soledad que lo constituye como tal individuo singular, dotado de una diferencia irreductible.
Dormido en su mónada, prefiere estirar sueños de comunión constante en el policromo cielo virtual, antes que despertar en la gélida soledad de su espacio íntimo y urdir planes para establecer verdadero contacto con otras mónadas.

En la palabrería informativa que envuelve el planeta como una segunda atmósfera (contaminada por espeso smog intelectual) corre el insulto “autista”, una de tantas monedas baratas puestas a circular por los burócratas de la reflexión que piensan por horas para el Poder. El autista e siempre el otro, parecen empeñarse en aclarar. Como el racista que proyecta lo peor de sí mismo en un colectivo fácilmente identificable, el intelectual orgánico arroja nervioso de sí la tarea intransferible de superar el autismo originario que a cada uno nos pone en el mundo como sujetos. Que ese autismo inicial, pura carencia, desemboque en una entidad autónoma, autosuficiente, capaz de establecer contacto con otras entidades mediante un lenguaje personal, de constituir una federación de islas, un archipiélago internamente ligado por la voluntad de erguirse sobre la incomunicación natal, ésa es la tarea del ser humano. Al adquirir el dominio de uno de los múltiples lenguajes y dotarse de una herramienta personal para codificar su experiencia, adquiere también la capacidad para entender lo que otros han querido decir con los artefactos legados a los congéneres. La adquisición de esta destreza es tan lenta y laboriosa que muchos hombres mueren de viejos sin habérsela propuesto.

El Poder Imperial proclama con jactancia la conquista de un estadio histórico superior en que el hombre está realizado tan a la perfección que se permite desde esa altura despreciar aquellos cuyo estatus es sólo periférico o de colonia ultramarina, y no merece por ello sino explotación, vituperio y bombardeo, únicas situaciones en que dicho Poder, anclado en fases elementales de la superación del autismo, alcanza a concebir al otro. Porque se trata ante todo de concebir la noción de otro, y concebirlo en términos humanos, como a un semejante… Torpe salida del autismo es ver a los otros como alimento para caníbales, sangre para vampiros; como instrumento de los propios fines, objeto de las propias explotaciones y mercadeos, alguien a quien conviene mantener en la consideración de cosa, o como mucho de viviente sin alma, o de alguien a quien colocar un buen rollo sin dejarle meter baza, no vaya a creerse que ha conseguido vender algo… ¡Soy tan comunicativo que me paso el día hablando a los demás, y tan generoso que les eximo del esfuerzo de replicar: ya hablo yo por ellos, dando forma a lo que son incapaces de decir, encerrados los pobres en su autismo! ¡Y si no hay más remedio que callar un momento, sé poner una cara-de-escuchar muy buena, ensayada observando a los mejores actores, mientras busco el modo de apoderarme otra vez del turno y ya no soltarlo, aunque sea a costa de echar pestes contra los charlatanes y quienes niegan la menor atención a los demás!

Pero a un imperio unificador no conviene que cada individuo se enfrente a su soledad íntima como el indígena adolescente que se adentra en el bosque preparado para la conquista iniciática de su identidad personal. Es preferible que reduzca su identidad a la detallada en el carnet y entrenarle desde pronto en el fomento de la uniformidad, el rechazo de cualquier rasgo singularizante. Así podrá conducirlo cuanto antes a la isla de la especialización, modo de conocimiento típicamente autista: el individuo sabe mucho de un aspecto parcial, nada del resto. Es útil como pieza para el sistema, y a la vez inválido como individuo, dependiente de los restantes especialistas.

En ese ver a los demás no como semejantes con quienes contrastar enriquecedoramente diferencias sino como iguales (tanto que resultan idénticos y no son distintos de uno, no son en realidad otros), se vive una falsa superación del autismo porque da lugar a un simulacro de comunicación, espejismo que además cierra el paso a intentos más auténticos.

Interminables monólogos telefónicos, intercambio de gritos simultáneos entre ruido o música de discoteca; la engañosa fusión sexual, ficción urdida por un marketing que endulza en su propaganda la mutua explotación de egos hambrientos, el fiero apoderarse de la energía del otro… todo supera apenas la bazofia televisiva de un sábado noche. Mientras predomine ese autocomplaciente verse como campeones de la comunicación homologada (Iré corriendo a comprar el teléfono de nueva generación que me permite ir hablando por la calle sin sacar las manos del bolsillo, y a la vez conectarme a Internet por si está llegando el e-mail de respuesta al que yo envié) y se invierta la mayor parte de las energías en la ignorancia activa del aislamiento básico, se retarda el descubrimiento de la realidad exterior; entre tanto, ni siquiera se sospecha que tal realidad pueda existir más allá de la representación.
En la comunidad de usuarios de un lenguaje, el recíproco reconocimiento disuelve la insularidad, como si la niebla se esfumara y apareciese un insospechado paisaje repleto de elementos humanos, con el dinamismo ambiguo y la inestabilidad que le son propios.
enero de 2002