Apuntes de Malpaís

(Ed. Lengua de Trapo, 1998)

Retrato colectivo y anticostumbrista de una región que se encuentra en la frontera de la realidad y el sueño. Estructurado como un puzzle de 194 fragmentos en el que cada pieza multiplica su valor en el contexto, el brumoso paisaje de esta novela presenta a unos personajes inmersos en un mundo antiutópico. Sátira feroz de la religión del coche y la ideología policial, antídoto sarcástico contra la pobreza de lo cotidiano y lo robotizante, contra la actual sobrevaloración de las grandes ciudades.

  1. MALPAÍS. Esta historia transcurre en un mundo gris,
    medianamente cruel, sordamente adverso: la república de Malpaís.
    Circunscrita a una afilada península, soldada al extremo continental
    por un delgado istmo, siempre como a punto de quebrar su nexo y
    zarpar océano adentro, tan desalentador nombre lo tomaba de su
    región más extensa y predominante, una meseta árida, pelada,
    barrida por vientos inmisericordes (helados medio año, ígneos y
    abrasadores el otro medio, sin intervalos de suavidad), cuyos
    habitantes, curtidos en la ferocidad de una vida sin recreo,
    acostumbraban a buscar la subsistencia en la conquista y
    sometimiento de las regiones vecinas más mimadas por la
    naturaleza.
    Los nativos de Malpaís, los malpaiseños, tendían más a
    soñar hacia el océano, a imaginar más allá del horizonte tierras de
    promisión aptas para empezar desde cero una vida próspera y
    saludable, que hacia el continente, dirección de la que no solían
    esperar nada bueno, por innata desconfianza.
  2. ESPERA. En la espera, aguzado el oído, se distinguen
    cien sonidos diferentes entre los motores automovilísticos que
    rompen el silencio de la noche. La imaginación, reforzada por la
    fantasía, el temor y la ansiedad, encuentra el momento propicio para
    desatarse, y batalla con encono contra la guardiana razón
    serenadora. La pugna alcanza un armisticio cuando irrumpe desde
    lejos el rumor de un coche. Todas las fuerzas contendientes se
    lanzan entonces a la busca de rasgos mediante los cuáles identificar
    al vehículo que se acerca. No, éste es un diesel. O: Éste es el típico
    sonido citröen. O: Aquí llega la clásica furgoneta cascada. Cada uno
    proyecta sus faros contra la casa al dar la curva y, a través de las
    persianas, la luz se fragmenta en cápsulas danzantes, baile de puntos
    luminosos en el techo.
    A ratos, el puro cansancio del frenesí imaginativo permite al
    sueño extender una pausa. Se echa de menos una de esas pastillas
    perfectas que garantizan despertar a la hora deseada con la memoria
    en blanco, sin huella de ese abrasamiento del árbol nervioso que es
    la espera comenzada sin límite.
  3. PROYECCIÓN DE LA VOZ. Para Bago la carrera de
    actor duró lo que dura una breve lección. Se puede decir que en la
    vida real nunca interpretó el papel de actor.
    En la universidad casi todos los estudiantes se dedicaban a
    las áridas materias de su programa académico con mayor o menor
    perseverancia, pero reservaban energías para desarrollar su
    personalidad con mayor pasión que la despertada por un tratado de
    leyes, un informe sobre fósiles, una pesquisa etimológica o una
    técnica de balance contable.
    Así, en la facultad de Ciencias Económicas, por poner un
    ejemplo, algún grupo de alumnos intentaba robar al calendario
    escolar tiempo para practicar lo más en serio posible su afición por
    el teatro. Sabían que eran aficionados, pero trataban de abordar el
    escenario tan a fondo como creían que los profesionales lo
    abordaban. Era la vehemencia, el ímpetu juvenil. En fotocopias casi
    ilegibles memorizaban textos de autores heterodoxos y ensayaban,
    restando horas a la diversión y al descanso, en locales prestados
    por un día en los suburbios (talleres, colegios, naves,
    polideportivos).
    Si, al llegar a la universidad, Bago se había matriculado en la
    facultad de Ciencias Económicas lo había hecho siguiendo la
    tradición familiar. Su padre, su abuelo, su bisabuelo, y también
    algunos tíos y hermanos, habían sido o eran funcionarios de la
    Hacienda pública. Bago era consciente de que si deseaba
    permanecer en la casa paterna -donde se vivía aceptablemente- sin
    enfrentarse al cabeza de familia, debía plegarse al empuje del linaje
    profesional. Poco ilusionado con la perspectiva de engrosar la lista
    de parientes empleados del fisco, se decía al principio que cabía
    estudiar los fenómenos económicos con la mirada radiografiante del
    científico, pero tras pasar al segundo curso archivó esa expectativa
    como una de tantas pretensiones quiméricas. Estudiaba, pues, las
    ciencias económicas como quien cumple una obligación ineludible,
    como quien realiza el servicio militar sólo para no ser encarcelado.
    Ahora bien, dedicaba muchos ratos a la música. De niño asistió al
    conservatorio. Era una formación complementaria que se estilaba en
    la familia de Bago, a la vez que la práctica regular de algún deporte o
    los viajes al extranjero; al igual que, entre las mujeres de la familia, el
    aprendizaje de la danza clásica o ballet.
    El joven Bago conocía la escritura musical y podía
    componer piezas sencillas, además de tocar bien unos cuantos
    instrumentos. Piezas complejas, o más ambiciosas, no se había
    planteado componer. Todavía escuchaba con enorme reverencia las
    grandes composiciones de los clásicos, en la actitud de quien
    contempla extasiado una catedral majestuosa y entiende las ideas
    que informan sus líneas maestras, los contornos y volúmenes
    definitivos, pero no sueña con crear él mismo un monumento
    semejante. No obstante, sí soñaba (puro ilusionismo, en el rincón
    más privado de su fantasía) con triunfar como actor. Se veía
    representando a los personajes más variados y cuando no tenía
    testigos ensayaba o improvisaba ante el espejo del cuarto de baño,
    donde se encerraba a tal fin. Persona discreta y más bien poco
    expresiva, alimentaba con sus fantasías un espíritu fabuloso, un
    personaje formado por mil personajes, capaz de fascinar sin
    excepción a cualquier público mediante gestos, inflexiones y
    registros cautivadores, dotado de ese magnetismo carismático, tan
    raro como valioso para el actor sobre el escenario.
    En el grupo de teatro estudiantil Bago se ocupaba de la
    música. Las piezas que escribió para cada escena obtuvieron
    aceptación unánime. Los componentes del grupo suponían que con
    los años Bago se convertiría en un músico renombrado, igual que
    suponían un futuro brillante para su compañía teatral. Ninguno
    quería imaginarse a sí mismo ejerciendo la profesión de economista,
    y tampoco podía imaginar que, en realidad, Bago no se acercaba al
    grupo de teatro para ir dando a conocer su música (ni, como hacían
    algunos, para relacionarse con otros en una atmósfera liberal) sino
    empujado por el anhelo de actuar, de llevar a término sus fantasías
    de actor triunfante entre clamorosas ovaciones, aunque frenado por
    la timidez usual en quien siempre permanece en la sombra.
    Conociendo por dentro el juego del teatro, a fuerza de ver con
    paciencia un ensayo tras otro de las mismas frases, las mismas
    situaciones, Bago perfeccionaba las ensoñaciones por él
    protagonizadas en su faceta de actor, actor cuyos asombrosos
    recursos interpretativos son admirados por público y crítica en
    medio de un éxito sin precedentes.
    Por fin, en uno de los ensayos, el estudiante encargado de
    dirigir la obra pidió a Bago que sustituyera a un ausente por
    enfermedad. Sólo son un par de frases, le dijo. Es para que los
    otros actores no pierdan el ritmo y podamos avanzar mientras
    vuelve el que falta hoy. Bago conocía de memoria las frases, y en su
    fantasía también las había dicho varias veces, de una manera
    completa, con el rango de frases singulares, citables e
    imprescindibles, como solía con todas: las hacía resonar en su
    mente sueltas, desmenuzadas y vueltas a formar, entretejidas las
    sílabas mediante un fluido eco universal y perpetuo (en estos
    términos pensaba él su técnica personal), una especie de “bajo
    continuo”.
    Cuando se acercó al rincón que servía de escenario, sus
    compañeros adoptaron una actitud condescendiente. Parecían decir:
    Dejando a un lado a los economistas, sabemos todos que un
    músico no es un actor y que no lo vas a hacer bien. Por eso no te
    preocupes: basta con que llenes el hueco que ha dejado el enfermo.
    Llegado el momento, Bago declamó las frases
    correspondientes. Sus compañeros se lo agradecieron luego, pero
    no le felicitaron; tampoco enmudecieron de asombro. En un aparte,
    y en tono amistoso, mezclándolo con otros comentarios, el
    estudiante que hacía de director le explicó lo que era proyectar la
    voz, lanzarla al exterior de la cavidad bucal para que sus vibraciones
    acústicas alcanzaran los oídos del público. ¿Por qué se lo explicó?
    Porque Bago, tal y como había quedado bien patente, no
    proyectaba la voz, algo carente de importancia ya que él era músico
    en su personalidad artística y no necesitaba saberlo para su trabajo.
    Las frases por él pronunciadas se quedaban en los aledaños de su
    garganta: apenas rebasaban los límites de la solitaria individualidad
    sonora, lo que obligaba, a quien quisiera captarlas, a realizar el
    esfuerzo de acercarse y tender el oído más de lo habitual en un
    espectador, pero Bago no necesitaba saber esto pues era músico y
    no actor, aunque no estaba de más que comprobase cómo el trabajo
    de actor también tiene su ciencia y su técnica.
    Bago no volvió a los ensayos. Grabó la música creada para
    la obra de teatro y explicó a sus compañeros cómo disponer las
    grabaciones entre la sucesión de escenas. Después dedicó su
    tiempo libre, durante meses, a meditar sobre la proyección de una
    suerte de frases o palabras inaudibles, el lanzamiento y propulsión
    de mensajes respecto a los cuáles las frases dichas por el actor
    sobre el escenario eran una metáfora, tanto como lo era la propia
    proyección de la voz por parte del actor, sin que la mismísima voz
    escapase a la condición de ser metáfora.
    A Bago solía ocurrirle que el mundo real le pareciera una
    metáfora, en todo y en parte, de algo innombrable. E imperceptible,
    según pensaba.
  4. ESTACIÓN PROVINCIANA. Es un día raro dentro del
    año: su extremo inicial. La población anda de un lado para otro,
    dando tumbos, en general postración tras haberse levantado tarde, y
    en estado de obnubilación y torpor. Una paz lúgubre y migrañosa
    flota a jirones sobre la superficie del país. Contribuye el que no haya
    prensa ni noticiarios. Detenido el vértigo de la actualidad, en cuya
    espiral rápida las noticias se suceden unas a otras antes de haberse
    podido asimilar, el mundo parece también detenerse, y un difuso
    sentir milenarista se cuela en los hogares por las rendijas de las
    persianas.
    En la estación provinciana, Bago ha comprado su billete.
    Los horarios son hoy irregulares y tendrá que aguardar un par de
    horas hasta el próximo tren. Toma en el bar un gran vaso de café
    con leche para caldearse las tripas. La mayor parte de la clientela se
    agrupa en torno al televisor. Las imágenes retransmitidas consisten
    en un desfile de cerdos oscuros ataviados con amplio lazo rosa en
    torno al cuello. El espectáculo desencadena gran alborozo y los
    parroquianos del rincón llaman con amplios ademanes y sonrisa
    dentuda a los que permanecen aún alejados de la pantalla. El viajero
    comprueba los datos del billete recién adquirido y se acomoda en la
    sala de espera, un enorme vestíbulo de techo altísimo y espacio sin
    cuartear por división alguna.
    Unos viejos charlan con el trasero pegado a los radiadores.
    Otros pasean despacio, arrastrando los pies embutidos en
    zapatillonas de fieltro, de una pared a otra, sumidos en meditaciones
    o en sentimientos mortuorios. Son todos pálidoamarillentos y
    parecen vivir por un error que prolonga sin sentido su existencia.
    Otros viejos menos deteriorados (es posible, a juzgar por su
    atuendo -puesto al día-, que todavía desempeñen algún trabajo
    productivo) se sientan en los asientos centrales y miran a lo lejos, a
    través de las cristaleras, u hojean un periódico atrasado que llevan
    consigo con el fin de mantenerse ocupados.
    Los jóvenes, a excepción de dos turistas orientales y un
    fotógrafo de muy espabilado semblante, ofrecen un aspecto
    deplorable. Son jóvenes locales: probablemente se les pueda ver
    ahí, en el mismo sitio, todos los días, entrando y saliendo de la
    estación y oteando con ansia todos los trayectos de llegada al
    enclave, ya en tren, ya en autobús o en coche o andando. Algunos
    tiemblan sin cesar y se desplazan del rincón (al pie de las paredes
    hay dos grandes radiadores en ángulo recto) a la puerta y de la
    puerta al rincón, con paso vacilante. Visten ropas sucias y
    desajustadas. No pueden pensar en lo abandonado de su aspecto,
    próximo al del mendigo aunque con prendas corrientes, porque sólo
    pueden pensar en una cosa, si tal actividad del sistema nervioso es
    pensar. Hablan con voz gangosa y estridente; se expresan con
    acusado aturdimiento, como si pugnaran por avanzar sumergidos
    hasta el cuello en aguas cenagosas. Uno amenaza de muerte a otro,
    quien no corre peligro pese a oscilar a menos de un metro del
    primero, dentro del círculo que trazaría éste con su brazo si lo
    lanzase en redondo, cerrado el puño o armado con una navaja. Es
    una bravata. En parecido tono de bravata feroz responde una chica.
    En cada frase concentra ella una cantidad enorme de palabras
    malsonantes (decisiva ayuda de la entonación avinagrada y la
    pronunciación áspera), como si en lo elevado de esa cifra residiera
    el significado. Lleva una falda corta, tan mal igualados los bordes
    trasero y delantero que a cada movimiento brusco -son casi todos muestra
    las bragas a los viejos. Ella nota el interés general
    concentrarse sobre su lencería y se encara con el público,
    fustigándoles con un par de improperios tabernarios. Quizá sea
    verdad lo que barruntan las estadísticas demográficas, piensa Bago.
    Los jóvenes no van a durar mucho. Éstos se sienten los amos sólo
    porque hablan muy alto, escupen injurias y amenazan con ánimo
    terrible pero se olvidaron de la principal fuerza, la que casi nunca se
    manifiesta. Están casi tan viejos como los viejos terminales (uno de
    los cuáles acude todos los días de invierno a pegarse al radiador,
    pero cuando quiere salir a la calle no encuentra la puerta, y aun
    estando frente a ella no acaba de distinguirla del muro); no en vano
    tienen querencia por los mismos lugares. Dentro del gangoso y
    derruido tono expresivo del grupo de jóvenes, Bago va percibiendo
    matices a medida que puede asentar su observación. Uno de ellos
    adopta maneras de jefe: entrecierra los ojos y aprieta las mandíbulas
    cuando calla, tenso como para imbuir dinamismo en los
    subordinados; quiere ser firme y autoritario cuando expele su ronco
    rosario de brutalidades, amenazas de muerte casi siempre, y lo
    acompasa con secos movimientos de brazos, que devienen
    enrabietados acentos. Otro tiene una apariencia menos desastrosa.
    Todavía no ha cadaverizado su organismo tanto como los demás
    esqueletos congestionados, y hasta, por su contorno curvilíneo, se
    le podría atribuir cierto panfilismo. Por eso los demás le utilizan
    para pedir al público de forma amable lo que haga falta, sin repeler.
    Los jóvenes se aglutinan a tropezones en torno a un recién
    llegado en cuanto cruza la puerta. Una vez abastecido cada cuál de
    su particular maná venenoso, empieza la búsqueda febril de los
    instrumentos. Revuelven sin éxito el contenido de las papeleras. Es
    entonces cuando el pánfilo, destacado en misión diplomática, se
    acerca a Bago y le pregunta amablemente, tan amablemente que
    parece mentira, si tiene plata. No, lo siento mucho, contesta el
    viajero, parapetado tras gafas oscuras mientras se interrogaba:
    ¿Plata? ¿Qué plata? ¿Dinero¿ ¿Joyas? El pánfilo se explica: Es que
    como antes compraste chocolate… Bago: Pues no, lo siento de
    verdad, no tengo, mientras se pregunta: ¿Chocolate? ¿Qué
    chocolate? ¿Hachisch? ¿Marihuana?, sin recordar, hasta pasados
    unos segundos, que al tomar café había comprado un paquete de
    galletas. Le habían estado observando y creían que era chocolate, o
    chocolatinas, con envoltorio interior de papel de plata, usado para
    consumir ciertas drogas en modalidad que recibe diversos nombres,
    según la región o la clase social del consumidor, quien abandona el
    uso de jeringuillas para no correr el riesgo de infectarse y para no
    tatuar sus brazos con agujeros muy reconocibles por el ojo policial.
    No encuentran el papel, lo que aplaza la ingestión de las
    correspondientes dosis. Cunde el nerviosismo y las broncas
    querellas restallan entre los jóvenes. Como el macabro espectáculo
    apunta hacia su degeneración en tumulto, Bago decide montar en un
    tren que pasa pronto, le saca de allí pronto, aún a costa de caminar
    varios kilómetros desde otra estación hasta la de su destino. Este
    primer tren no para en todas las estaciones pero pocas estadías
    puede haber tan desagradables como la que espera a quienes estén
    aquí en las próximas dos horas, piensa Bago, aunque en su
    pensamiento no usa la rara palabra ‘estadías’ sino la muy común
    ‘cosas’.
  5. AGENTE DE SEGUROS. Cuando Bago pulsó el portero
    automático de la agencia de seguros ya era de noche. Hacía frío y la
    calle estaba mal iluminada. Un sitio inhóspito, impropio. Vaya cita.
    Era igual que ser convocado por un coleccionista de pintura clásica
    en un polígono industrial: como para sentirse intranquilo. Fácil
    perderse en las escaleras. Había una bifurcación nada más entrar al
    portal; luego era difícil encontrar el interruptor de la luz cuando ésta
    se apagaba sola al cabo de un minuto, tiempo suficiente para que el
    visitante reconociera haberse ido por la escalera contraria.
    Al sonar el timbre del piso se oía en el acto el ladrido de un
    perro de presa. A través del telefonillo la voz del agente de seguros
    había sonado estentórea: ¡Adelante, adelante!, con resonancias
    militares. Después de algunos movimientos en la mirilla, sin que el
    perro dejara su fiero ladrar, la puerta se abrió. Un hombre canoso y
    corpulento sujetaba con una mano la cerradura interior y con la otra
    el collar de un perro que era todo dientes, de brillo realzado por
    gruñidos y ladridos, en alternacia. Adelante, adelante, volvió a decir.
    Bago formuló un saludo elemental y reparó de inmediato en la
    mirada errática del agente de seguros, cuya cabeza de senador
    romano jubilado, cubierta por cabellera sin entradas (si bien blanca),
    se orientaba de memoria hacia la puerta, pero sus ojos medio ciegos
    no se esforzaban ya en mirar, aunque para disimular los escondía
    entrecerrando los párpados y el ceño, con expresión enérgica,
    ofreciendo con ello a los clientes lo que entendía por “imagen
    profesional solvente: IPS”. Al fin y al cabo, en la placa de la puerta
    su nombre, Onofre Peris, aparecía unido al de una importante
    compañía de seguros. Mostraba una actitud en la frontera de lo
    excesivo. El perro sobrepasaba de lleno esa frontera: un doberman
    estilizado, de pupilas asesinas y hocico agudo como pico de ave,
    que triscaba el aire alrededor del visitante, parado éste en la puerta, y
    no muy confiado en la capacidad de Onofre Peris para controlar a
    su cancerbero. Pase, pase, decía el agente, sin apartar al perro,
    mientras el animal lograba, en uno de sus silenciosos tirones,
    enganchar la manga izquierda de Bago, que musitó: Vaya
    recibimiento, convencido ya de que era una calculada puesta en
    escena. La escueta cortesía del agente -para mantener las
    apariencias, ya que estaban en una oficina de atención al público-,
    completada con la sincera expresión, mediante su brazo armado…
    de dientes, de sus sentimientos hacia cualquier desconocido (quizá
    también a los conocidos, la propia esposa e hijos incluidos), no
    hacía sino reforzarlo. Bago vio por un instante a Onofre Peris como
    un consumado marionetista o ventrílocuo, moviendo con destreza, a
    voluntad, los resortes del animal insoportable. ¿No le habrá
    enganchado, verdad?, preguntó con aire inocente al detectar que el
    visitante revisaba su maltrecha manga. Pues sí, fue la respuesta.
    Bago pensó con ironía en reclamar una indemnización, ya que
    estaba en presencia de un especialista. Terminado el teatro
    intimidatorio, el agente le franqueó el paso al despacho. He sido
    citado aquí por un cliente suyo a quien ayer golpeé el coche en un
    aparcamiento, dijo Bago impacientándose. Sí, se ha retrasado unos
    minutos pero vayamos rellenando los impresos. El perro había sido
    encerrado en una habitación desde donde llegaban sus ladridos
    incesantes. El despacho aparecía decorado con enciclopedias de
    saldo (acaso lomos huecos), tapices para lupanar y pisapapeles
    conmemorativos de actos dictatoriales. La luz en la estancia era
    apenas la de una lámpara de sobremesa que dividía el espacio entre
    ambos personajes, cada uno a un lado de la mesa repleta de papeles
    sueltos e impresos coleccionados en carpetas. Vamos allá, exclamó,
    y sacó de un cajón una lupa gruesa. Pidió docenas de datos y en
    voz alta los silabeó mientras los escribía con grandes caracteres, en
    mayúscula, en los lugares correspondientes del impreso.
    El caso es que mi automóvil no tiene absolutamente nada de
    nada, apuntó Bago. Onofre Peris se separó de la lupa, guiñó con
    energía ambos ojos y, tras una pausa de cinco segundos, exclamó:
    ¡Usted no se preocupe y vamos allá! ¿Número del permiso de
    conducir?
  6. BAGO SOÑANTE. Bago cenó tarde y se acostó a
    continuación, sin duda antes de lo conveniente, pero ya no se tenía
    en pie. Soñó que andaba en medio de una confusa reunión… Todo
    en los sueños es confuso si se quiere hablar de ello, salvo dos o tres
    detalles impresionantes, su esqueleto argumental. Lo demás es
    impreciso y voluble; casi siempre lo pone el soñante al pensar en
    ello después. Soñó que andaba en medio de una confusa reunión
    compuesta por gente vagamente conocida, pero también por
    parientes. Nadie cobraba especial relieve pero sin duda se trataba de
    una reunión, aunque informal, con los congregados de pie, de un
    lado a otro, sentados a ratos: una casa con todos sus espacios
    (cocina, salón, dormitorios, jardín, garaje, despensa, etc.)
    condensados en uno solo. Como de costumbre -solía ocurrirle en
    sueños- Bago soñante esperaba, paciente, el momento de
    marcharse. Sin embargo, descubría por casualidad que unos
    jóvenes, en apariencia dispersos (actuaban como si entre ellos no
    hubiera un vínculo especial), conspiraban para adueñarse por vía
    testamentaria de los cuantiosos bienes de un anciano allí presente. A
    Bago soñante este anciano, cuyo pelo era muy blanco, le recordaba
    a su difunto abuelo. De hecho, este anciano había sido consuegro
    del abuelo, pero nunca había sido tratado como un pariente ni se le
    mencionaba en las conversaciones familiares. ¿Por qué sabía Bago
    que la conspiración estaba en marcha? El detalle se ha difuminado.
    Tal vez una palabra clave, escuchada sin querer, procedente del
    corrillo vecino; clave porque iluminaba una colección de datos
    sueltos y convertía el conjunto en evidencia aplastante. Cómo
    revelaba al anciano la existencia de una conspiración en su contra es
    también un detalle muy desdibujado, pero la revelación quedaba
    convincente y, al poner en alerta al anciano, desbarataba de golpe el
    plan. ¿Por qué lo denunciaba? Porque vio al anciano como víctima
    injusta (algo de venerable había en él, en su reluciente pelo blanco);
    porque no simpatizaba con los conspiradores (había rasgos ruines
    en la urdimbre del plan, aparte de su vileza esencial) y porque le
    recordaba a su difunto abuelo, evocación que había aclarado,
    además, el borroso parentesco político que unía a Bago soñante
    con el anciano.
    Desbaratado el plan, los conspiradores no se conformaban
    con ver sus objetivos disiparse. Con disimulo, mientras la reunión
    proseguía su desenfadado curso, clavaban miradas agresivas sobre
    Bago soñante, cada vez más deseoso de marcharse. El que parecía
    encabezar la banda, un raro joven calvo (su único rasgo: los sueños
    son así) anunció al soñante lo que iba a ocurrir, para que estuviera
    atento. Fíjate bien, le dijo entre dientes. Lo que ocurrió fue que, en
    un abrir y cerrar de ojos, destrozaron un coche, propiedad de un
    conspirador cualquiera. Ahora vamos a romper más, dijo con
    seguridad el cabecilla, y tú vas a ir a tu compañía aseguradora y a
    dar parte de que has sido tú quien los ha destrozado con tu coche,
    chocando.
  7. ESTAMPA FINISECULAR. En la orilla de una carretera
    secundaria, pero nada más arrancar de una ancha autopista nacional,
    se detiene un automóvil blanco, limpio, reluciente. Descienden cinco
    personas de piel pálidoverdosa, sonrientes y vestidas de forma
    vulgar. La entidad del automóvil es sin duda superior a la de. las
    personas, y ellas mismas lo ratifican con su actitud adoradora hacia
    la blanca máquina reluciente, limpia, nueva. Ni por un momento lo
    olvidan; preside sus vidas desde que lo compraron, o quizá desde
    antes, cuando se obsesionaron con adquirirlo, embarazados por la
    publicidad y las convenciones sociales.
    Del interior del vehículo sacan bolsas de comida y se sientan
    en una piedra cercana, aunque se levantan a cada poco para
    revolotear en torno al vehículo y proseguir la adoración. Más allá de
    las piedras pasa un riachuelo, donde lavan platos, cubiertos y algo
    de fruta. Metros después el pardo riachuelo ingresa en una gran
    planta depuradora de aguas fecales, condición ésta fuertemente
    denotada por el olor pestilencial, imposible de ignorar en centenares
    de metros a la redonda. Por emulación, y ya que de hecho se
    concentran inmundicias en el lugar, numerosos vecinos de los
    contornos se deshacen allí de sus basuras: un espontáneo arrojar
    abundantes residuos de todo tamaño y condición ha terminado por
    convertir el paraje en un vertedero. Del estilo arquitectónico de la
    central depuradora es preferible no hablar.
    El quinteto rebosa una felicidad peculiar. A modo de saludo,
    lanzan voces y risotadas exuberantes a Ciclista, que pasa por la
    carretera secundaria. Al fondo, a través del aire pardusco y
    ahumado, se entrevé la cordillera nevada. No importa: han salido al
    campo y al volver a la ciudad podrán contarlo con orgullo:
    Estuvieron comiendo en el sitio al que iban sus abuelos.
  8. MESETA (PAISAJE). Para zafarse de la vorágine del
    siglo veinte en las ciudades modernas, nada comparable a montar en
    un tren y alejarse hacia la meseta en un día de invierno, da igual
    soleado o con nubes. Pasados unos kilómetros, desaparecen del
    otro lado de la ventanilla los monstruos fabriles y los ríos de
    espuma química; las escombreras y las casas prefabricadas. Cruza
    largamente el tren un bosque delicioso, formado por pinos de prieta
    copa. El bosque se va aclarando hasta desembocar en el genuino
    paisaje mesetario, símbolo de Malpaís: la aniquilación del paisaje.
    La meseta es respecto del paisaje su expresión definitiva, funeraria.
    Todos los recursos se han agotado y el paisaje ha muerto, ha
    desembocado en la nada, barrido por el aire arrasador. Las peñas
    quedan reducidas a polvo y guijarros; la vegetación, a secos
    rastrojos y hierbajos.
    Es día festivo y la mayoría duerme, reparando los estragos
    de la noche anterior. En la televisión no está programado ningún
    espectáculo lo bastante sensacional como para levantarse de la
    cama. Sólo son visibles representantes de oficios ancestrales:
    pastores, a lo lejos, encabezando un rebaño envuelto en nube de
    polvo dorado por la luz sesgada; agricultores que llegan en abollada
    furgoneta a revisar su huerta, tractoristas de mono azul que acarrean
    abono para fertilizar la tierra. Se ven casas y cercas de piedra,
    construidas hoy como hace siglos, y quizá milenios, de forma que,
    si el viajero se fija tan sólo en el panorama enmarcado por la ventana
    del tren, no podría situarlo en ningún momento de la Historia, o
    podría situarlo en todos. Los bosques no han podido alcanzar estos
    parajes. Las rocas son trituradas por la alternancia brusca del frío y
    el calor. Los animales -ganado- son mantenidos por los hombres
    para que a su vez les sirvan de sustento. Son escenarios bíblicos
    (nubes espesas taponan el paso de los rayos solares, que se
    diversifican en un manojo de haces radiales, precipitados en oblicuo
    hacia una tierra iluminada en intermitencia), imponentes, de los que
    cortan de cuajo cualquier brote de frivolidad y predisponen a la
    entonación del Sic Transit Gloria Mundi.
    Reducido en tal manera a lo esencial (cielo, tierra, lucha por
    la supervivencia en medio de graves adversidades, siendo una de las
    peores el estreñimiento senil de la naturaleza) el viajero reflexiona; al
    no haber recreo posible para los sentidos, piensa. Si la atmósfera
    está transparente se descubre el cielo, un azul y brillante mar de aire,
    un lugar a donde huir en busca de unos átomos que respirar.
  9. ESTADÍSTICO PRECOZ. Quizá como fruto genético de
    un linaje forjado en el manejo de cuentas, cifras y porcentajes, Bago
    demostraba desde niño una asombrosa facilidad para el uso de
    datos numéricos. A los diez años conocía la cantidad de habitantes
    de unos cuantos países, pero también las tablas clasificatorias de las
    distintas ligas deportivas, los resultados de los partidos de fútbol
    jugados en lo que iba de temporada, la longitud en kilómetros de los
    principales ríos del mundo, la composición (en porcentaje) de la
    sociedad hindú según un criterio étnico, la superficie (en kilómetros
    cuadrados) de las provincias… la expresión numérica de las
    magnitudes más espectaculares: los datos estadísticos le bailaban en
    la cabeza a todas horas.
    Los compañeros de colegio bromeaban con él y le
    preguntaban con sorna por alguna cifra (Bago, ¿cuántos
    musulmanes hay en Mozambique? O: ¿Cuántas veces ha ganado el
    Manchester United la liga inglesa de fútbol?). El, inocente,
    contestaba si lo sabía. Otras veces la iniciativa era suya, y Bago
    abordaba a los compañeros en abierta campaña recreativa: ¿Sabíais
    que en lo que va de año se han matriculado en la ciudad tantos miles
    de coches? Las preguntas eran escuchadas y contestadas con
    ironía. La afición de Bago a los números la consideraban síntoma
    de una chifladura benigna. Bago seguía las cifras de matriculación
    que aparecían en las placas de los automóviles y sabía cuál era la
    más reciente en cada provincia y en algunas ciudades europeas;
    calculaba mentalmente a cuántos números estaban el capicúa
    anterior y el posterior al del billete de autobús o metro que le tocara
    en suerte; se fijaba en las edades de las personas, la duración de las
    vidas, con cuántos años había muerto éste o el otro, cuánto podían
    vivir los animales de cada especie…
    La danza de los números era una forma de entretenerse y
    llenar el vacío como otra cualquiera. Le gustaba ver el complejo y
    polimorfo mundo traducido a relaciones numéricas.
  10. INFIERNO PARA CICLISTA. Uno de los peores
    suplicios que sufre Ciclista cuando rueda por las carreteras
    normales, las que ha de compartir con los demás vehículos de
    ruedas, es el de tener que avanzar sorteando los numerosos
    cadáveres de animales que adornan las cunetas, y cabe la tentación
    de pensar que los cadáveres se cobran para que cumplan esa
    función ornamental, pues nadie hay encargado de retirarlos; nadie,
    tampoco, sin estar encargado de ello, pero tal vez movido por
    espontánea piedad, lo hace. (Otro suplicio es el viento contrario,
    que le roba a Ciclista en forma exasperante parte de su ajustada
    fuerza).
    Ciclista, tan vulnerable ante las acorazadas máquinas
    automovilísticas, ha de rodar pegado a los márgenes de la carretera;
    por el arcén, si existe tal banda exigua. Es en ese metro escaso
    donde se descomponen las muestras de la fauna local: perros,
    gatos, zorros, puercoespines, comadrejas, gatos monteses, topos,
    ratas, ratones, musarañas, tejones, nutrias, visones, lagartos,
    culebras, sapos como de cuero, urracas (nunca astutos cuervos),
    ardillas, pollos de rapaz, etc.; un muestrario que los exhibe
    aplastados, despachurrados, troceados, reventados, laminados, en
    estados que una utópica confederación mundial de especies
    terrícolas denunciaría, mediante documentos fotográficos, como
    horrendos resultantes de un permanente holocausto. Toda clase de
    mamíferos, reptiles y aves, incluso ciclistas, cuyos cuerpos han
    permanecido rotos en la cuneta, a la espera del juez, en los casos
    (no pocos) en que han sufrido atropello por algún automóvil
    metálico, acorazado, y han formado parte de la galería de víctimas
    del hombre, de su prepotente y ensoberbecido progreso hacia el
    objetivo (¿inconsciente?) de la Destrucción Total.
  11. COSTUMBRES DEL CATEDRÁTICO. Enorme efecto
    causó en la opinión pública la revelación, en el periódico más
    indiscreto de la ciudad, de algunas costumbres del recién fallecido
    catedrático.
    La información, con generosidad remunerada, se había
    obtenido husmeando en el vecindario y se anunciaba, con muy
    visibles caracteres, en la portada del periódico. ¿En qué consistía lo
    más notable? El difunto catedrático, cuya opinión acerca de
    cualquier asunto era acogida con receptividad reverencial, como
    oráculo de máxima autoridad; cuya extensa obra, traducida a casi
    todos los idiomas, era objeto de estudio profundo en los
    departamentos universitarios; cuya figura legendaria trataban (sin
    éxito) de utilizar los representantes de los poderes político y
    financiero, llevaba muchos años, los correspondientes a la
    producción de su obra más excelsa, teniendo como única fuente de
    lecturas el diario de información general al que estaba suscrito. Le
    duraba toda la jornada, al decir de algunos vecinos y repartidores de
    los comercios cercanos, la mayoría pertenecientes al Mercado
    Central, por donde le gustaba pasear y observar el trajín mañanero,
    mezclado con la gente, entre la que pasaba desapercibido pese a su
    espectacular cabellera blanca.
    El catedrático se había deshecho de su codiciada biblioteca,
    como atestiguaba un librero de viejo que tuvo la fortuna de
    adquirirla en bloque.
    Asimismo, tiró a la basura siete cajas, tamaño zapatos,
    repletas de manuscritos. A través de traperos llegaron a manos de
    un coleccionista misterioso. Al parecer (son rumores, como el de
    que pasara temporadas en una cueva) se trataba de una especie de
    ásperas diatribas, de pequeños ensayos críticos sobre la cultura
    oficial, de esbozos narrativos, de cuentos y reflexiones, de
    correspondencia con sus alumnos, de grabaciones en cintas
    etiquetadas, de transcripciones de las grabaciones, de agendas y
    libretas, etcétera; todo en relativo desorden, como a medio
    clasificar.
    El coleccionista se asustó al verse prefigurado en este
    escrito, el que esta página concreta reproduce, y quiso desprenderse
    cuanto antes de las cajas, así que hizo correr la voz, a sabiendas de
    su pronta llegada a oídos de los editores más interesados.
    La diversidad de asuntos, nombres y lugares que se trataban
    cada día en las páginas del periódico bastaba al cerebro incansable
    y hermético del catedrático. La mera lectura de una frase (y no
    digamos si la frase incluía un nombre propio, de lugar o persona)
    desencadenaba en el acto una evocación torrencial, de la que
    regresaba muchos minutos después, indiferente si a la sección de
    meteorología o a la de noticias municipales: cualquier palabra podía
    servirle como propulsor para iniciar el vagabundeo por las
    misteriosas galerías de su mente barroca. La historia entera de la
    humanidad aparecía cada mañana reescrita en los periódicos para
    aquel lector excelente, aquel verbonauta solitario. […]

Crítica de Vicente Araguas: https://www.revistadelibros.com/articulos/anicos

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