ESCLAVOS CERCANOS

(Publicado en 2001, en un digital ya desaparecido)



Hace años vino de visita una familia de amigos polacos, llenos de curiosidad por la historia y los monumentos locales, y dispuestos a desplazarse aquí y allá para conocer del país lo más posible. Un día fueron a Toledo y volvieron boquiabiertos. De Segovia llegaron asombrados.

—Aquí teníais escuelas de traductores y obras de ingeniería avanzada cuando nosotros andábamos con lanzas cazando bisontes por las llanuras polacas –comentó Piotr con cara de pasmo.

A menudo preguntaban por el Valle de los Caídos. Obtener respuestas evasivas estimulaba su curiosidad, y cada vez más intrigados insistían en proyectar una visita al lugar. ¿Por qué ese afán, a pesar de serles descrito como un hermoso paraje, Cuelgamuros, donde se había erigido un monumento sin embargo carente de valor artístico?

—Parajes hermosos abundan, y monumentos valiosos también, y es absurdo perder el tiempo, Piotr.

La insistencia rebasó el límite de lo razonable y se volvió urgente resolver el enigma. Resulta que los amigos polacos se documentaban en una exhaustiva guía Michelín publicada en su país; y que en esa guía, el Valle de los Caídos figuraba clasificado con el máximo rango de interés, no sólo por su entidad arquitectónica sino también por su significación humanística.

—¿Humanística? No consigo entender, Piotr.

Piotr siguió la lectura, traduciendo del polaco a su inglés de fuerte acento eslavo. Según el despistado autor de la guía, el Valle de los Caídos era un símbolo de la reconciliación y la concordia, erigido para superar odios y rencores desatados en la guerra civil.

—It`s not possible, Piotr.

Ahora era el bueno de Piotr quien no conseguía entender dónde estaba el misterio, y miraba boquiabierto, esperando aclaración.

Tras escuchar en silencio la verdadera historia de la construcción del monumento funerario edificado en el risco del valle de Cuelgamuros, miraba las tapas de su guía Michelín con recelo, como si se hubiera convertido en un artilugio sospechoso.

El pueblo polaco ha soportado a lo largo de la historia la brutalidad imperialista de sus vecinos alemanes y rusos, por turnos o al alimón —como cuando las SS arrasaron Varsovia mientras el Ejército Rojo contemplaba el espectáculo desde el otro lado del Vístula—, y sabe distinguir entre un campo de concentración y una colonia de vacaciones, entre la crueldad que humilla al prisionero y la generosidad que promueve un futuro libre de enfrentamientos trágicos.

Los amigos polacos quedaron atónitos al saber que el famoso monumento, un mazacote gris coronado por una gigantesca cruz de piedra, fue construido por prisioneros republicanos obligados, como esclavos, a excavar la cripta y cargar con las pesadas piedras de granito, convertido el sitio en campo de concentración durante los primeros años de la obra.

—Hay quien compra a plazos un sitio en el cementerio de su pueblo, pero el general Franco aprovechó que disponía de mano de obra gratuita y se encargó una tumba a la medida de sus delirios de grandeza, Piotr. Por suerte, no tuvo la ocurrencia de mandar esculpir su cara en la montaña de Siete Picos, o tallar una pirámide faraónica en La Bola del Mundo.

Todas las guerras civiles son crueles, pero que lo sea cada posguerra depende de la saña de los vencedores.

Los amigos polacos contaron el lento proceso por el que en el mundo civilizado, tras asimilar a duras penas el horror de la política de exterminio racista prodigada por el Eje durante años –horror rematado en Hiroshima por los aliados—, varias grandes empresas alemanas habían sido obligadas a indemnizar a los ciudadanos por ellas esclavizados con ayuda de la tropa nazi para exprimir en provecho propio sus fuerzas; a darles algún dinero por la vida que les habían robado para financiar los lujos de los consejos de administración y los accionistas principales. A los ancianos sobrevivientes la decisión judicial les restituía parte de la dignidad despojada. Tal vez llegaba tarde, y tenía un valor más simbólico que real, pero lo indiscutible es que, mucho o poco, sí contribuía a la reconciliación y a la concordia.

Todavía hoy, el Parlamento español se planteaba ir retirando a los guerrilleros republicanos que pelearon en las montañas contra el incipiente Estado franquista la insultante calificación de “bandoleros y malhechores” vigente a efectos oficiales.

Muchos de los forzados como esclavos a construirle la tumba a Franco sobrevivieron y se establecieron por los pueblos de la sierra madrileña, donde viven las familias que crearon. Acaso por consideración, los vecinos evitan comentar episodio tan tremendo, igual que tienden a soslayar la toponimia franquista y mantener la denominación genuina para el valle de Cuelgamuros.

Los prisioneros utilizados en la primera fase, más bien minera (perforación, barrenado, cimentación, extracción de rocas…), no eran precisamente especialistas. Muchos morían descuartizados por explosiones accidentales o triturados por la hormigonera. Franco les dejó terminar el primer túnel y lo mandó rehacer entero porque lo encontraba estrecho como el metro. De paso, tuvieron que cimentar el gran hotel Felipe II, para lujosas escapadas de estraperlistas adinerados y altos funcionarios en los años de racionamiento. Tras “redimirse”, muchos prisioneros murieron de silicosis u otra enfermedad contraída en la infrahumana vida de esclavo.

En alguna plaza de pueblo, al sol, entre los octogenarios o nonagenarios que hablan del tiempo como si ejercieran una ciencia trascendente, da su opinión alguno que fue esclavo de Franco.

Luis Pérez Ortiz, mayo de 2001

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