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Microrrelatos

PRIMERAS CITAS

Las primeras salidas de Hekis e Igriega juntos eran dignas de verse: pasaban en silencio todo el tiempo de la cita, incapaces de decir algo sin sentirse ridículos.
Deambulaban mirando obstinadamente al suelo, las manos en los bolsillos o a la espalda, incapaces de volver la vista hacia el acompañante. Preferían las afueras. En la contemplación del crepúsculo siempre encontraban una tregua para la agitación con que buscaban alguna palabra. Permanecían inmóviles ante el poniente saturado por el incendio cromático de un archipiélago de nubes.

Sólo cuando el fresco empezaba a notarse, el que más frío tuviera se incorporaba. El otro lo hacía a continuación, poniéndose a su lado para reanudar el vagabundeo.
Igual de parcos eran por teléfono cuando se llamaban para fijar la cita, si no lo habían hecho ya en la universidad, casi siempre mediante un intercambio de mensajes escritos, papelitos. Cuatro o cinco palabras pronunciadas entre carraspeos y bloqueados silencios. “Hoy ponen una de Maurice Charmant”. “Pues en el cine a menos cuarto”. “Vale”.
Estaban a gusto juntos. Quizá tuvieran mucho que decirse, pero no mediante palabras. Poco a poco los silencios se iban haciendo confortables.
Un día Hekis oyó con claridad cómo Igriega le hablaba. Aquella nube parece un caballo al galope, dijo.
Lo más sorprendente fue que no le pareció que las palabras de Igriega hubieran salido de su boca, viajado por el aire y penetrado en sus propios oídos, hacia el cerebro, sino que sonaron directamente dentro de su cabeza. Encontró en el cielo la nube en la que el caballo ya se desvanecía. Miró de reojo a Igriega pero ella permanecía absorta, como siempre, volcada en la contemplación. Entonces, excepcionalmente locuaz a causa de la excitación, Hekis explicó lo que acababa de vivir.
—No hay nada raro —contestó ella—. Yo hace mucho que en mi cabeza te oigo silbar melodías.